
Estoy bloqueado. Quiero escribir algo sobre lo que pasó ayer, pero no sé por dónde empezar. Son demasiadas aristas, demasiados intereses, demasiadas (malas) decisiones tomadas de lado y lado.
Podría, por ejemplo, partir por criticar la no autorización de las marchas de los estudiantes. Gesto prepotente, innecesario, que creo no hizo sino detonar la rabia acumulada. Para muchos no se trataba de marchar por la educación, sino de marchar porque nadie puede impedirlo. Pero no sé si es el comienzo que quiero.
Podría también comenzar preguntando cómo llegamos a esto. En qué minuto una demanda legítima por un tema fundamental perdió el rumbo y mutó en caos, en miles de estudiantes –y no estudiantes– gritando contra Carabineros, contra el gobierno… contra cualquier cosa. Gritos por educación, ayer no escuché ninguno.
Otra posibilidad sería comenzar condenando las palabras de Jaime Gajardo, eterno presidente del Colegio de Profesores, una vez más –y como siempre– siendo parte del problema y no de la solución. El mismo que ayer vertió expresiones –unos dicen antisemitas, otros xenófobas, a mí me da lo mismo el calificativo– absolutamente inapropiadas, que en nada ayudan a la solución del conflicto.
También, por qué no, podría partir con un chiste fácil del tipo “el aire está enrarecido, y no me refiero a las lacrimógenas”, pero no me convence. O hablar de las cacerolas sonando como hace muchos años, y de cómo tuve que explicarle a mi hija –que no podía dormir con el ruido y no entendía de qué se trataba– que eso era porque queremos que todos los niños, no importa su condición, puedan tener una buena educación.
Podría, sí, partir criticando el actuar de Carabineros, absolutamente desmedido y casi fuera de control, con guanacos, zorrillos, bastones, escudos, lacrimógenas y todo el etcétera de instrumental disuasivo/represivo que conocemos. O el de los manifestantes, destruyendo todo a su paso.
No sé, sinceramente, cómo partir. Sí tengo claro cómo cerrar: no me gusta lo que está pasando en nuestro país. No me gusta la intransigencia, la polarización, la falta de diálogo. No me gusta el absolutismo, el “la culpa es del otro”. No me gustan los empates morales, ni la desigualdad que vemos día a día. Hoy, me apena decirlo, no me gusta Chile. Y lo peor –lo que de verdad no me gusta– es que no veo por dónde se comienzan los arreglos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario