Todos somos mañosos, cual más cual menos. Hay que asumirlo. En mayor o menor medida, cada uno tiene sus preferencias, sus obsesiones, sus rutinas. Sus mañas, al fin y al cabo. Las mismas que con los años se van acentuando y, claro, fijando. No es cosa de llegar y decirle a alguien que lleva varias décadas haciendo algo “a su manera” que cambie. No, porque la maña se afirma con el paso del tiempo. La frase hecha cae de cajón: “el hombre es un animal de costumbres”.
Personalmente me asumo mañoso en extremo. Desde que tengo recuerdo lo he sido, y ya está dicho, la condición se ha ido acentuando con los años. Que tampoco son tantos, que quede claro. Pero es que me gusta hacer las cosas a mi manera. Que las cosas luzcan como a mí me gusta. Que no me vengan a cambiar mi particular y sagrado statu quo.
En mi caso –y en el de muchos mañosos que conozco– hay un lugar que reúne la mayor cantidad de mañas: el baño. No sé por qué, pero es ese santuario del aseo humano, ese vertedero de desechos fisiológicos, el que concentra tal vez la mayor cantidad de manías.
La situación empeora cuando se decide compartir la vida –y el baño– con otra persona. Las mañas que se habían desarrollado tranquilamente se juntan con otras, y se produce el choque. El campo de batalla habitual: el baño, claro.
A continuación, algunas mañas propias y ajenas que se dan en este particular espacio. Si se siente identificado, no es casualidad: pese a que me reconozco mañoso, estoy seguro de que comparto mi condición con muchos.
Por cierto, una precisión: todas las mañas a continuación explicadas se refieren al baño de la casa, a ese espacio tan propio, tan personal y hogareño, y no a los baños públicos, que dan para cualquier cosa. Aclarado este punto, ahora sí.
La tapa del WC arriba. Obsesión preferentemente femenina, es pelea común en casi cualquier pareja heterosexual. Tema recurrente en asados, comidas y juntas varias, nunca he logrado que una mujer me explique por qué la posición “normal” u “obvia” de la tapa es abajo y no arriba. Si alguien conoce la razón, que me lo explique, por favor.
Las puertas abiertas de los botiquines. Esta es personal. Me molestan profundamente. En mi actual baño, con botiquín de puertas correderas, por antiestético. Eso de exponer los personales afeites e implementos de aseo –sea cual sea la zona a asear– me parece de una impudicia insoportable. En el caso de mi anterior baño, se sumaba al aspecto estético el de seguridad personal: la puerta se abría hacia fuera, justo sobre el WC. Más de una vez mi mujer dejó la puerta abierta y al levantarme al necesario acto de micción matutina –medio dormido, por cierto– el cabezazo contra el canto de la puerta me hizo maldecir a viva voz. La solución fue el canje: cada vez que me encontraba la puerta abierta, dejaba la tapa del WC arriba. Pavlov tenía razón.
El jabón con pelos. Simplemente repugnante, incluso cuando son pelos propios. Si son ajenos, tanto peor. En este punto, cabe destacar que no todos los pelos son igualmente repulsivos. El grosor, nivel de rizado y, se adivina, lugar de origen, determinan un claro escalafón de asquerosidad, tema en el que no profundizaré.
Los pelos por todas partes. En el suelo, el lavatorio, la ducha o tina –tina de hidromasajes, para los más pudientes– o donde sea, los pelos olvidados son algo en extremo desagradable.
Las toallas en el suelo. Los ganchos, perchas, barras y demás implementos para colgar se inventaron por algo. El suelo es lugar para los –de ahí el nombre– pisos de baño. No para las toallas. Esos montones arrugados, con más de una toalla, me parecen francamente desagradables.
El tubo de pasta de dientes. Esta es una de mis peores mañas, lo sé. El tubo en cuestión debe estar inmaculadamente apretado, desde el fondo hacia la boca. Nunca –en serio, nunca– por la mitad. Menos así a la rápida, dejándolo arrugado. El ideal son esos aparatitos con una base y un tubito en el cual se inserta el extremo inferior, y que al darlo vuelta se va enroscando pulcramente. Además, el tubo debe estar siempre tapado y su boca limpia. Nada de tubos con restos de pasta seca en la boca, por favor.
El lavatorio escupido. Espantoso. Encontrarse con espuma de lavado de dientes ajeno esparcida por el lavatorio debe ser una de las sensaciones más desagradables al ingresar a un baño. La cosa empeora si el lavado se produjo hace mucho rato y la espuma está seca.
El papel higiénico arrastrándose. Claro, con el tirón el rollo sigue dando vueltas y el papel se arrastra por todo el baño. ¿Es tan difícil sacar papel con cuidado o, en el peor de los casos, dar un par de vueltas en sentido inverso para devolverlo al estado que le corresponde? Aprovecho: la punta del papel debe salir hacia adelante, y no pegada a la pared, para evitar contorsiones al momento del uso.
Las salpicaduras, primera parte. Las tapas, bordes, suelo o cualquier superficie salpicada de orina me produce terribles sentimientos respecto de quien originó las salpicaduras. El tiempo también empeora las cosas en este caso, ya que las gotas –pozas, en el peor de los casos– con el pasar de las horas se convierten en una costra amarillenta capaz de perseguirme en mis peores pesadillas.
Las salpicaduras, segunda parte. El rayado de cancha, las pecas, la pelada de forros. Múltiples términos para una misma y desagradable situación: los restos de desechos orgánicos adheridos a los bordes interiores del WC.
Los flotadores. No me extenderé en explicaciones, ya que me parece que la denominación es demasiado explícita. Restos del naufragio, a la deriva en el mar del WC. Encontrarse uno puede llegar a ser motivo de divorcio.
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