“Todos mienten” es una de las citas más conocidas y, curiosamente, no fue dicha por algún libre pensador sino que por un personaje ficticio: el mítico doctor Gregory House. La frase fue acuñada en un capítulo en que House asegura que los pacientes no dicen todo a sus médicos cuando son interrogados para descifrar la causa de sus síntomas. Y que, además, la enfermedad también miente al mostrar síntomas complejos sin un origen evidente. Creo que en Chile está pasando algo similar.
Esta semana he seguido en silencio el debate sobre educación. Y mi conclusión es que… ya no entiendo nada. Lo que partió como una reivindicación social a un sistema que lleva años formando a los mismos que hoy están tomando las decisiones en el gobierno, ONGs, empresas y universidades, derivó en exigencia de reformas constitucionales, asambleas, educación gratis, de calidad, sin lucro, equidad, inclusividad, e incluso, una nueva democracia. ¿En qué minuto me perdí en los discursos que ya casi no se habla de educación y las posturas se volvieron intransigentes, en que unos exigen respuestas a un 100% de sus demandas y los otros culpan de manipulación a los partidos? ¿Cuándo quedaron fuera las preguntas correctas? ¿Cuándo se dejó de pensar en el otro sin transparentar los reales intereses detrás de quienes han llevado a la radicalización de todo? En menos de seis meses Chile ha cambiado. Y no sé si para bien o para mal.
¿Por qué es importante hacernos las preguntas correctas?
A unos pocos kilómetros, en Brasil, se sigue construyendo y declarando un norte potente: ser potencia científica y tecnológica. Una declaración fuerte y con gran impacto, que se plantea ser parte del G20 en gloria y potestad.
El Ministerio de Ciencia y Tecnología ha invertido US$2.000 millones en la creación de 75 mil becas de posgrado para la formación de científicos e ingenieros en las mejores universidades del mundo. No contentos con eso, han dado pasos gigantes en el desarrollo de nuevos combustibles, incluso midiendo cuan verdes son sus compañías a través del Green Bovespa, en que los inversionistas pueden decidir sus inversiones pensando en compañías que hacen negocios “acorde a los nuevos tiempos”. Además, el sector privado aportó con 25 mil becas y se busca atraer a mil doscientos científicos de relevancia internacional, situando el foco también en mejorar la calidad de la educación básica porque se cree en que "un gobierno no debe apoyar a la ciencia, sino que apoyarse en la ciencia".
En mi experiencia me ha tocado numerosas veces enfrentar y desafiar a alumnos, quienes abiertamente declaran que las matemáticas, física, química o biología -“las llamadas ciencias duras”- no son de su agrado. Esto se extiende en los colegios, donde esas materias se consideran “impasables”, por lo que muchos optan por lo que creen más fácil -las mal llamadas “ciencias blandas-, tratando de evitar lo que hoy fundamenta el desarrollo de los países y el conocimiento en que se sustenta en la educación.
En temas ambientales esto se ha exacerbado. Mientras en el extranjero las palabras desarrollo, innovación e investigación han llevado a las nuevas economías a migrar a verdes y bajar la intensidad de carbono, en Chile se compran tecnologías afuera y se venden internamente sin ningún desarrollo. Pero eso sí… pintados de verde.
Esta semana me tocó asistir a dos grandes iniciativas que buscan dar impulso al espíritu verde de nuestro país: El seminario de Peter Senge sobre “Una Revolución Necesaria” traído por Seminarium, y la Cumbre de Sustentabilidad de la revista Capital. En ambos, me encontré con muchos que, como yo, trabajan en proyectos específicos sobre el tema, pero me llamó la atención que un porcentaje no despreciable de los asistentes en los pasillos declaraba que todo era marketing, que a pesar de que ellos buscaban promover la sustentabilidad en sus empresas a nadie le interesaba. O peor aún, que muchos ni siquiera conocían el término, aunque se paseaban hablando con propiedad de “cuan verdes eran”, al más puro estilo de una Sustainability Fashion Summit.
Peor aún, muchas empresas se declaran públicamente ser “carbono neutrales” o nos invitan a “sacar el hippie que llevamos dentro”, como si pagar por lo contaminado los librara de compromisos ambientales de reducción, eficiencia y menor impacto, sin escuchar a los expositores que explicaban que esto va mucho más allá de las relaciones públicas y que requiere de innovación, conocimiento y desarrollo.
A nivel de gobierno -y no sólo del actual- la conflictiva relación entre medioambiente y sociedad no se ha resuelto. Hemos firmado cuanto acuerdo internacional existe comprometiéndonos para el 2020 con un 20% de Energías Renovables No Convencionales. Hemos declarado nuestras intenciones de ser una “economía verde”, pero seguimos arrastrando casos como el de Ventanas en que familias completas están expuestas a emisiones, plomo y arsénico sin saber qué hacer, y donde se siguen aprobando centrales a carbón y hasta sus minas.
Al tratar de amarrar todos estos puntos, aparentemente inconexos, la pregunta es ¿en qué minuto se conectan?, ¿en qué momento dejamos de pensar en las futuras generaciones? Las decisiones y acciones que se toman hoy en materia educacional afectarán directamente a mis hijos. Los resultados de esas decisiones, afectarán a todo un sistema educacional y decidirán si cruzaremos o no la línea del desarrollo, de cuan innovadores seremos y, por qué no decirlo, cuan sustentables.
El gran problema es que cualquier decisión que se adopte hoy dará frutos en la próxima generación, entre quienes quizás empiecen a trabajar por un Chile Sustentable. Y lo que ellos hagan, tendrá consecuencias en la generación de mis nietos, la primera que viva en el Chile que hoy no estamos pensando.
Como todo está revuelto y, como dice doctor House, todos mienten, hoy solo puedo estar seguro de una cosa: existe una educación gratuita en el mundo, la que puedo inculcarle a mis hijos, enseñándoles a respetar, a no destrozar, a no mentir, a no robar, a ser responsables, esforzados y a pensar en sustentabilidad. Como lo decía mi abuela, quien sí pensó en mi generación, “la mejor educación comienza en casa”.
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