No tenía por dónde perder. Para la Democracia Cristiana, negociar con Renovación Nacional un pacto que modifica el actual sistema político es lo que los gringos llaman el “win-win”. Gana por el lado que se le mire. En el peor de los casos, de no llegar a buen puerto, la directiva encabezada por Ignacio Walker podría haberse mostrado como el único partido de la oposición que intentó negociar con el oficialismo, aun cuando, al final, las cosas no resultaran. En el mejor de los casos, o sea, el actual, se reinstaló como la única colectividad concertacionista capaz de articular acuerdos con la derecha.
Las tratativas con la tienda de Carlos Larraín le permiten a la DC revalidar su perfil de centro, consiguiendo un contrapeso al giro hacia la izquierda que viene dando la Concertación. Mientras en el PPD insisten en impulsar un frente progresista que fortalezca el acercamiento con el PC, el MAS y otras fuerzas de izquierda; el PS explora caminos en la misma dirección y el ex Presidente Ricardo Lagos revive el debate en torno a crear un partido único que aglutine al PS, PPD y PRSD, la Democracia Cristiana mira hacia el centro. No sólo gana musculatura para presentar un candidato propio en las primarias presidenciales de la oposición, sino que la mesa que encabeza Walker se anota puntos extra que la reposicionan. Puede que incluso algunos dentro de la Concertación estén enojados con la forma en que se negoció todo a sus espaldas, pero en público no tienen ningún argumento objetivo para levantar críticas. Al fin de cuentas, la DC consiguió acordar con uno de los partidos de la Alianza un pacto que podría terminar por fin con el binominal.
Ignacio Walker camina victorioso. ¿Se puede decir lo mismo de Carlos Larraín? A primera vista muchos pensaron que sí. Su liderazgo estaba cada vez más cuestionado al interior de RN y era público y conocido que un grupo de disidentes estaba haciendo todo lo necesario por correrlo a un lado. Que ahora apareciera firmando un pacto con la DC lo devuelve a la vida como un líder con poder y capacidad negociadora. Además, empieza a materializar así una de sus más famosas obsesiones: acercar posturas con la Falange. Por último, se convierte en el único dirigente de la Coalición capaz de exhibir resultados concretos frente a la exhortación del Presidente Piñera de salir a buscar consensos para reformar el binominal. Sin embargo, todo lo ganado con esta movida puede que no le alcance para, en la raya para la suma, quedar con saldo positivo.
¿Qué pudo haber llevado a Larraín a realizar esta arriesgada maniobra a espaldas del Gobierno, sus socios y su propio partido? Los que lo defienden (que no son muchos) dicen que se la jugó por evitar que el pacto naufragara por “exceso de protagonismos”. Y aun cuando el hombre más cuestionado del momento nunca ha sido un particular portaestandarte del necesario cambio que requiere el sistema electoral, hace un par de meses publicó un artículo en el que exponía una crisis en los partidos y en la relación de estos con el gobierno de turno. En él señalaba que había que abrir completamente el abanico para permitir la operación de 15 a 20 partidos con representación, trasladando la faena política a la configuración permanente de acuerdos y coaliciones más amplias. Claro que Larraín no pone tanto énfasis en un cambio al binominal por uno proporcional moderado como sí lo hace respecto de instalar un régimen semipresidencial.
Aparte de lo evidente -negociar con la oposición un acuerdo tan delicado sin advertir a sus propios socios- precisamente lo qué más dolió en el entorno del mandatario es que el documento de Larraín hable de un "presidencialismo exacerbado (que) se encuentra en proceso de agotamiento" y que "la centralidad de ese poder presidencial, cuando se debilita, repercute en todo el sistema". Con Piñera tan abajo en las encuestas es imposible que en La Moneda no se tomen el párrafo como una crítica personal.
Amigos no son. De hecho, el abogado ha sido un duro crítico de la gestión del Jefe de Estado y no ha tenido pelos en la lengua cuando ha acusado a su círculo más íntimo en palacio de digitar la operación de los disidentes para sacarlo de la directiva del partido. Si antes tenía enemigos en el segundo piso, ahora se ganó unos cuantos más.
Sus problemas no son sólo con La Moneda. Larraín aparece quebrando las confianzas con la UDI justo cuando intentaban ordenarse para enfrentar la discusión sobre el binominal. De hecho, dos días antes de conocerse el anuncio conjunto de RN y la DC, el Gobierno había logrado bajar la temperatura dentro de la Coalición en este tema y también respecto de la reforma tributaria. El senador RN estuvo comiendo en la casa del ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, junto al vocero Andrés Chadwick y al presidente de la UDI, Juan Antonio Coloma, y no dijo nada. Imposible que los otros comensales no se consideren traicionados.
Aunque una buena parte de las bases militantes de RN apoyan a Carlos Larraín, que probablemente buscará un nuevo período al mando de la colectividad, es muy probable que ahora quede más solo que nunca. Aparte de un par de personajes que lo acompañaron en esta arriesgada aventura, no hay muchos líderes de RN que se sientan cómodos con su actuar. No es tan claro que estén dispuestos a jugarse la vida por defenderlo de ahora en más. La UDI terminó por perderle la confianza y en La Moneda lo consideran un traidor. Incluso la DC puede que lo deje solo. Walker defenderá el acuerdo, pero cuesta apostar a una defensa personal del senador RN.
El binominal tiene sus días contados. ¿Los tiene también Larraín? ¿Cuánto tiempo podrá mantenerse a flote y con tantas tormentas en contra? ¿Quién podrá defenderlo?
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