sábado, 25 de diciembre de 2010

Las garras del tigre


Ya no falta nada. En pocos días más se irá este año. Este vilipendiado año al que se le ha dicho de todo. Que fue un maldito, que regido por el Tigre nos mordió hasta la cordura, que no tuvo piedad y que nos echó encima toda la colección de calamidades que tenía reservada para las décadas venideras.

Es cierto que 2010 fue difícil. Probablemente más que otro año, pero no porque se nos hayan juntado las fatalidades de las siete plagas, sino que porque se nos casó el miedo con la incertidumbre y una alianza como esa no suele llevarse bien. Al contrario: intimida y aterra, con un pánico parecido al que a veces sufren los niños cuando son testigos de las batallas del desamor entre sus padres, que les hacen sentir que están en pleno descampado.

Yo creo que eso fue lo que nos pasó a muchos: nos sentimos vulnerables. Aislados y solos. Bichos raros. Con la voluntad extraviada. Igual que críos tristes que no saben ponerle nombre a lo que sienten y prefieren apuntar con el dedo a los fantasmas que creen ver por las noches.

Y nos llenamos de síntomas que nos recordaban otros síntomas y de enfermedades que nos recordaban otras enfermedades. Y empezamos a mirar Chile desde el espanto de constatar su propia fragilidad y por ende también la nuestra. Y tuvimos miedo a los otros, porque para muchos de nosotros los otros siguen siendo los mismos, aunque no se vistan con trajes de guerra ni botas marciales.

Y nos angustió la diáspora, no la del exilio, sino que la de nuestros propios símbolos. Y nos estremecimos.

Es cierto, vivimos un terremoto que nos gritó en la cara que no éramos inmortales. Sin embargo, salvo ese “dato” macabro, todos los sacudones que hemos tenido en estos casi 365 días, lamentablemente no escaparon al margen de los horrores posibles, sólo los dejaron calatos ante nuestros ojos. Que existan hombres que queden atrapados bajo la tierra es tan posible como que un chofer de bus se duerma al volante y en segundos se desate la catástrofe, o que entre llamas dantescas casi un centenar de presos mueran calcinados. Todo es viable en la medida en que tenemos el potencial de las tragedias que se desatan cuando detrás de ellas existe la lógica de un fósforo prendido al viento. Malas condiciones de trabajo, trabajadores a los que se les exigen turnos inhumanos o presos que hacinados más allá de toda culpa, viven como bestias, porque nuestro sistema carcelario no ha sabido qué hacer con ellos.

Ese es el Chile que nos hizo creer que la mala suerte nos perseguía. Ese Chile salió en la televisión, relegando al anonimato los femicidios, los niños maltratados o las cajeras de supermercados que a veces no cuentan con derechos tan básicos como poder ir al baño si no piden autorización para hacerlo.

No se trata, como dijo el nuevo líder del integrismo campechano de la derecha, Manuel José Ossandón, que “Dios haya estado exiliado de Chile” y que ahora haya “vuelto” de la mano de él y de otros como él. Eso es faltarnos el respeto y llevar las iniquidades al ámbito de la calamidad eventual.

No creo que el 1 de enero despertemos y seamos otros. Tenemos que hacernos cargo, y una manera de hacerlo es no aceptar que nos cuenten un país por episodios, porque los episodios son capítulos que se van olvidando. Y aquí no podemos seguir olvidándonos, porque al hacerlo nos negamos toda la dignidad que requiere nuestra memoria y seguimos brindándole asilo a las injusticias.

No fueron las garras del Tigre. Fueron nuestras propias fauces que se abrieron con más fuerza. Nada más. Nada menos.

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