
Fue un circo. Negarlo sería torpe y cínico.
Pero que la ceremonia para despedir a Michael
Jackson haya sido así obedece a una razón muy obvia: como el circo llegando a la ciudad, Michael entretenía al pueblo como nunca antes un solo artista lo había hecho de manera tan completa.
Como el circo brindando trabajo en cada lugar donde se presenta, Jackson ayudaba a muchos en su entorno a ganar dinero. Y como la sonrisa del payaso, hubo circo, pero también llanto. Y eso fue todo.
Su funeral fue fiel reflejo de su existencia: un verdadero halo de misterio rodeándolo todo.
Nadie sabía con certeza que ocurriría en la ceremonia privada, dónde sería sepultado y, menos, qué pasaría con el masivo acto organizado en el Staples Center de Los Ángeles, el mismo lugar donde Michael Jackson ensayaba su regreso sin imaginar que dos semanas después su música volvería a sonar allí, pero ahora sin él.
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