martes, 13 de noviembre de 2012
Candidatos de Cristal
Vociferante apareció ayer el diputado Gustavo Hasbún ante las críticas recibidas por Laurence Golborne en esta primera semana como candidato UDI, pidiendo que esta sea una campaña limpia y sin descalificaciones.
Más allá de lo deseable de evitar descalificaciones superfluas, las declaraciones tienden a confundir críticas con agresiones. De hecho, no pude evitar recordar la época en que siendo alumno de la UC, me tocaba ver cómo el movimiento gremialista elegía a sus candidatos en su sede de calle Coronel y luego pedía un "acto de confianza" al resto del electorado de derecha para su elección. Ello implicaba, como puede imaginarse, no sólo la exigencia de no cuestionar la selección del candidato, sino especialmente no cuestionar tampoco ninguno de sus atributos o características.
Algo bastante similar ocurre en este caso. El problema es que si algo ha quedado claro luego del castigo electoral que propinó la abstención en la contienda municipal, es que la ciudadanía no es la misma de hace veinte años. Hoy ya no parece estar dispuesta a que le ofrezcan más de lo mismo ni que le pasen gato por liebre. Los candidatos no pueden evadir ni lo que piensan ni lo que son. No pueden ocultar su historia ni sus atributos. Por el contrario, deben someterlos al escrutinio público y para ganar el voto deben sortear los cuestionamientos que se les dirijan. Pero eso no es todo, es un deber también levantar esos cuestionamientos para que el voto sea informado y responsable.
Por eso Laurence Golborne, como candidato de la UDI, debe dar cuenta de esa historia y de sus atributos. Nadie puede aspirar a que el contendor de Michelle Bachelet sea un candidato piel de cristal que tenga una serie de protectores que hagan las veces de su cúpula de aislación. Nadie puede aspirar a que no se le enrostren ni sus eventuales conflictos de interés, ni su pasado vinculado al retail y sus prácticas, ni sus recién conocidas vinculaciones con Hidroaysén, ni el monto de su patrimonio, y un tan larguísimo etcétera como sea necesario.
Si el saldo final entre estos problemas y sus virtudes es positivo o negativo, aún está por verse. Lo que no puede generar duda ninguna es que pesa sobre sus hombros demostrar satisfactoriamente que no tiene conflictos de interés que le impidan ejercer la primera magistratura o que los que tiene son sorteables. Que su pasado gerencial vinculado a Cencosud no lo vincula con las prácticas de la industria ni en lo relativo al trato salarial de sus empleados, los mecanismos de multi-RUT utilizados para sortear legislación laboral y desprotección sindical, los abusos en los sistemas de crédito de clientes, etc. Que su aceptación del cargo de vicepresidente ejecutivo de Hidroaysén antes de ser ministro no es obstáculo para el diseño de un programa energético desvinculado de grupos de interés y que ello tampoco tuvo nada que ver con su road show por los principales diarios del país sensibilizándolos sobre el tema.
De esto y muchísimo más tendrá que hacerse cargo ahora y en lo sucesivo. Si ello en algún momento hace que la UDI añore a un Longueira o a un Lavín, así tendrá que ser. Pocas dudas caben de que la apuesta de esa tienda por Golborne es la más arriesgada, contraintuitiva y desperfiladora imaginable, y que
incluso si se mostrara satisfactoria en las urnas la pondrá en una tesitura compleja por la contingencia cierta que se presenta respecto de las lealtades y compromisos del candidato ungido.
Si todas estas preguntas hacen sentirse agredidos a hasbunes, moreiras o quien sea, yo recomiendo que se vayan preparando o vayan pensando en otro candidato.
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