sábado, 7 de abril de 2012

El maricon del curso


Fue en octavo basico. En la capital del País Mapuche, en mi curso de 32 alumnos, había de todas las clases sociales, y obviamente muchos apellidos mapuche: Huenchullan, Lleuful, Lefi, entre algunos. Sin embargo, como en todo curso, existían también los motes del “mateo”, el “chupamedias”, el “acusete” y todas esas pequeñas discriminaciones que en esa altura de la vida uno las encuentra normales (siendo que no lo son). Pero, lo que mas llamaba la atención, era que no existía la discriminación indígena, es decir, no era común tratar de “indio” al compañero de origen mapuche, (sería porque eran mayoría en el curso) pero si que era un matonaje (bulling) constante contra el denominado “maricón del curso”.

Así, chilenos, mapuches, mateos, acusetes, chupamedias, no perdonaban ni una hora al día al “maricon” del curso. Él, no era una persona, no tenia nombre siempre se nombraba (mos) el “hueco”, el “fleto”, el “maricón” y luego el apellido correspondiente. Una saña particular le tenia uno de mis compañeros, llamado “el maton” (Roberto)

Todos los días “el maton” le rompía los cuadernos, le escupía su ropa, le gritaba “maricon culiao” de esquina a esquina de la sala, y nadie hacia nada, solo, al pasar, un grupo de compañeros le decíamos: “Ricardo, un día de estos, chico (media poco mas de un metro y medio) el mentado sujeto de tus bromas te va a sacar la cresta” (medía aproximadamente veinte centímetros más).

No hay mal que dure 100 años ni tonto que lo aguante, dice le refrán. Así fue. En Educación Física, en la duchas, “el maton” molestó por enésima vez al sujeto. Y este le advirtió: “Te voy a pegar si me sigues molestando” “Atrévete” desafió Roberto. “La vida es eterna en 5 minutos” como lo cantó Víctor. En cinco minutos, Roberto el maton yacía en el suelo mojado de la ducha cono tres combos bien dados en la cara, llorando. Entonces mi compañero, “el maricón”, se vistió y salió sin decir nada. En el curso el acontencimiento causo revuelo, no paraban de hablar de la paliza recibida por Roberto por parte de...Ernesto. Sí, Ernesto, pues desde esa vez Ernesto nunca más fue el “maricón” del curso, fue Ernesto, el que nunca mas lo escupieron ni le gritaron nada, el que llegaba con los cuadernos enteros a la casa, Ernesto al fin, lo reconocimos como un par. Luchó por su derecho a no ser menospreciado, de la forma mas primitiva, con sus manos cerradas encajándole certeramente tres duros puñetazos a la discriminación y al odio.

Al terminar de leer este relato, recordando mis tiempos estudiantiles, me doy cuenta de cuanto prevalecen estos términos discriminatorios. Chico, gordo, feo, mateo, chupamedias, hasta que el nombre de pila de un compañero virtualmente desaparece ante el mote, cada día, y eso habla de generaciones perdidas ante la discriminación al otro y que poco nos percatamos del tipo de adultos que seremos tarde o temprano.

Daniel Zamudio me hizo recordar esta experiencia y quiero imaginar que Daniel encajó tres puñetazos a esa jauría bestial que venía en su busca. Quiero pensar que Daniel cayó luchando con sus manos en puño, quiero pensar que si hubiese sido uno a uno, Daniel estaría con nosotros. Quiero pensar que Daniel partió perdonándonos. Quiero terminar, y es verdad, con una esperanza: Luego de la pelea, Roberto y Ernesto, fueron amigos y compañeros, no de los mejores, pero amigos en el curso