lunes, 20 de junio de 2011

Esos días


Son días nublados. No sólo allá arriba. Debajo de ese cielo que nos mira sin entendernos, para nada, estamos nosotros. Y vivimos días nublados en los que nadie comprende por qué estamos como estamos. Son días que en realidad han sido años. Es una temporada que nadie sabe cuándo comenzó ni menos cuándo piensa terminar. Una época de más incertidumbres que de certezas.

Son días en que protestamos. Días en que por fin decidimos sacar la voz. Pero nos movilizamos pidiendo lo que nadie está realmente dispuesto a dar. Exigimos cambios, pero fuimos garantes durante demasiado tiempo de lo mismo que ahora queremos modificar. Acogimos y avalamos y nos beneficiamos de un sistema que ya no nos acomoda. Pero a los que sí, no están disponibles para rectificarlo en nada. Y por eso protestamos.

Son días en que nos rebelamos contra el abuso de poder. Y le ponemos nombre y cara a esa rebeldía, aunque no conozcamos el fondo del sistema contra el cual nos movilizamos. Hoy es Hidroaysén. Hoy es la educación. Mañana, quién sabe. Incluso podemos no saber lo que queremos, pero al menos sí sabemos lo que ya no nos interesa o nos sirve.

Son días en los que la autoridad no entiende o no quiere entender por qué la ciudadanía se queja. Porque, claro, son días en que la economía crece y el desempleo baja. No entiende, como a nosotros también nos cuesta hacerlo a veces, que crecimiento no es sinónimo de desa­rrollo.

Son días en que algunos pelean por causas propias. Pero son días en que también lo hacen por causas ajenas. Y cuando eso ocurre, se está peleando por causas justas. Pero son días en que la justicia no es igual para todos. Porque si a un cliente lo pillan robando en una tienda, lo califican y condenan como a un delincuente, pero si es el dueño de esa tienda el que le roba al cliente, al delito se le llama “accidente” o “mala práctica”. No son, por ende, días justos.

Son días en que a veces somos víctimas, pero otros victimarios. Clamamos igualdad, cambios y justicia, pero no siempre damos lo mismo que pedimos.
Tenemos demasiado pero creemos que nunca lo suficiente. Otros tienen menos que nada, pero se habían conformado pensando en que ya era mucho.

Así como pedimos, a nosotros también nos piden, pero tampoco estamos dispuestos a dar. Somos caritativos menos veces de las que pedimos lo que nos parece justo.

Son días en que nos quejamos del sistema. Y como nuestras demandas no son escuchadas, aparece la frustración. Y de ahí al rencor el tranco es en realidad un paso demasiado corto. Y por lo mismo son días en que no amamos tanto, porque gastamos más tiempo en odiar.

Son días en que protestamos por el otro y exigimos igualdad por el que es distinto, pero al final del día no nos juntamos con ellos. Preferimos estar con nuestros iguales y nos enojamos si alguien se atreve a calificarnos como diferente. Aceptamos a los gays, pero no queremos uno en nuestras familias.

Compadecemos al ignorante, pero que se cuide el que ose a ponernos en esa categoría. Criticamos al ambicioso, pero queremos tener lo que no podemos.

Aceptamos al indígena, pero no lo integramos. Y si lo hacemos, jamás lo ponemos a nuestra altura. Nos mostramos tolerantes, pero detestamos al que piensa distinto, cayendo en una contradicción tan común como absurda.

Son días en que nos preocupan nuestros jóvenes, pero olvidamos a nuestros viejos. Queremos nuevas generaciones más educadas e integradas, pero ni nos acordamos que las anteriores a ellas están abandonadas a su suerte, con pensiones de miseria e incluso con menos cariño que plata.

Son días en que nuestra naturaleza está herida de muerte, pero hacemos más por meter el dedo en su yaga que en curar lo que se pueda.

Nos aferramos a lo que podemos, pero ya ni eso. Porque queremos creer, pero incluso hasta en eso fallamos.

Son días en que hablamos sin conversar y oímos sin escuchar. Por eso pedimos, pero no nos atienden. Por eso nos piden, pero no damos nada.

Son días nublados. No sólo allá arriba. Debajo de ese cielo que nos mira sin entendernos, estamos nosotros. Y pedimos y esperamos. Pero no pasa nada. Y nos piden y esperan, pero tampoco. Por eso ese mismo cielo es el que, como no comprende, se ha vuelto incapaz de llorar.

Supongo que en algún punto del camino nos extraviamos. Por eso son días nublados. Porque si no sabemos para dónde vamos, cuando lleguemos vamos a estar perdidos.

jueves, 9 de junio de 2011

¿Qué puede estar pensando el Presidente?


“¡Pero cómo un 36 por ciento de apoyo! Esto está malo. ¿Eso nomás? No entiendo. Hinzpeter algo me había advertido, pero no pensé que sería tan poco. Llegando a Chile le voy a pedir a Adimark que revise los datos de su encuesta. ¿¿¿Qué??? ¿¿¿Y subí en la desaprobación hasta el 56%??? Ah, no. Ni en el peor de mis sueños me imaginaba tanto rechazo. Y yo que creí que con el fecundo crecimiento económico y la creación de nuevos empleos iba a capitalizar algo. Pero, ¿nada?. Si hasta en los pocos atributos en que había subido, ahora bajé.

¿Qué pudo haber pasado? Ya me había imaginado yo que la marcha contra la central de HidroAysén me repercutiría. ¿Habrá sido sólo eso?

Ah, se me olvidaba la movilización de los estudiantes secundarios. Menos mal que los pingüinos hasta ahora no han salido a la calle. Pero, no, no puede ser sólo eso. Algo más está pasando que no estoy viendo. Y eso que yo soy bueno con los números.

Ya, si ya sé que hay un problema comunicacional. Me lo dicen todos, pero no puede ser esa la causa principal. ¿O sí? Me carga cuando Carlos Larraín tiene la razón, pero parece que le apuntó cuando me dijo el otro día que no puedo gobernar sin dialogar. Es verdad que no tengo la mayoría en el Congreso. Probablemente me esté equivocando al mandar ahí proyectos sin haberlos negociado antes con la oposición. ¡Es que son tan tercos! No sólo no me quieren sino que tampoco me escuchan. Y entre ellos están tan desordenados que, aunque quisiera, tampoco sabría con quién negociar. El desorden interno que tienen desde que les gané en las elecciones no me ayuda tampoco a poder generar diálogo. No es que quiera hacerlo, pero parece que voy a tener que intentarlo. Ya veré con quién.

Mmmm, igual creo que no es lo único. Hay algo más. Porque, ahora que lo pienso, los problemas de diálogo y comunicación no sólo son con los contrincantes. Al interior de la Alianza la cosa tampoco anda bien. No soy santo de devoción de la UDI, eso lo tengo claro, pero a lo mejor podría hacerle algún guiño para que no me hagan ruido interno. Voy a tener que zanjar luego esta cuestión de la unión gay y dejarles claro que no pretendo ni por un segundo permitir el matrimonio homosexual. ¿Será suficiente? No me gusta nada esto de que los diputados del partido estén escribiendo una carta pública para criticar mi manejo del tema y menos que digan que eso es un reflejo de la mala conducción de mi Gobierno. Ya me lo había advertido la Ena en un mail. ¡Ah, la Ena! Esa es otra con la que voy a tener que conversar. Lindas las fotos que se tomó para esa revista, simpática la humorada, pero menos maquillaje y más mano dura. Igual la pobre no lo debe pasar bien. Si hasta el ministro de Salud salió a contradecirla.

Ahí hay otra cosa. No lo había pensado. No puede ser que cada vez que me meto a Internet para revisar las noticias, me encuentre con un problema al interior de mi propio equipo. A lo mejor es cierto entonces que hay un problema de diálogo. No estoy hablando con la oposición, tampoco con el Congreso y hay problemas comunicacionales dentro de mi gabinete. ¿Y si hago un cambio? Igual llevo 14 meses y ya se han ido seis ministros. Y yo que quería llegar invicto hasta por lo menos la mitad de mi período. Qué más da. Si ya cambié media docena, podré sacar a otros, ¿pero a quién? Me dicen que a la vocera, pero ¿a quién pondré ahí? ¿Habrá un Francisco Vidal de derecha? Mmmm, pero tampoco sé si sea ella la culpable de la falta de comunicación. ¿Y si pongo a Golborne en su lugar? Porque pucha que lo quiere la gente. Tiene el doble de popularidad que la mía. Pero no, tiene la pega de discutir la matriz energética. No puedo desvestir un santo para vestir a otro. ¿Y Lavín? No, tampoco. Ese funciona bien haciendo cosas. Así lo conoce la gente.

No está fácil la cosa. Yo pensé que con el buen balance y los anuncios que hice el 21 de mayo, algo iba a capitalizar. Pero no, tenían que hacerme protestas en el Congreso. ¿Qué les ha dado a todos por protestar ahora? ¡Se me olvidaba! Que no se me pase decirle a Hinzpeter lo mal que estuvo con eso de sacar y reponer las bombas lacrimógenas. Apuesto a que eso tampoco ayudó mucho.

Lo único que me tranquiliza es que, por ahora, nadie está capitalizando mi mal momento. La Concertación tiene más rechazo que apoyo y MEO no figura en ninguna parte. Ni hablar del Congreso, que está peor evaluado que yo.

Igual algo tengo que hacer. ¿Y si le digo a la Cecilia que nos devolvamos? No, me mata. Mejor guardo el celular y que ni se entere que estuve trabajando en vacaciones. A la vuelta veo como arreglo el entuerto”.