miércoles, 12 de enero de 2011

Buscando más equidad


Por estos días he estado metido a fondo en el desarrollo del proyecto VA! 2011, el primer Encuentro Nacional de Jóvenes con la Ciencia y la Tecnología que se desarrolla en el Internado Nacional Barros Arana (INBA) hasta el próximo martes 18. Es como estar sembrando para la economía del conocimiento.

Y no se trata sólo de ciencia, de tecnología, de innovar y de crecer. Una economía basada en el conocimiento es también una promesa de mayor equidad. Al menos así lo creen muchos economistas y tienen lo que parece una buena explicación para ese buen augurio. Intentaré exponerla y ustedes verán qué les parece. Yo advierto que me gusta, pero no quiero comprometer a nadie más.

La economía del conocimiento, dicen los expertos, tiene como recurso de base precisamente el conocimiento, un activo cuya propiedad es, o puede llegar a ser, mucho menos concentrada que la propiedad de los recursos naturales o el capital. Para decirlo en buen castellano y no en “economés”: nadie puede ser dueño exclusivo de un conocimiento (al menos no por mucho tiempo); además, éste puede ser compartido y usado a la misma vez por muchas personas. Pero no pasa lo mismo con el cobre, el agua, la tierra o el dinero, donde los derechos de propiedad son muy estrictos.

La evidencia internacional, dicen los economistas, muestra que los países que han alcanzado el desarrollo invirtieron una gran cantidad de recursos en la generación de nuevo conocimiento y que, además, tienen –en general– patrones de distribución de la riqueza mucho más equitativos que el chileno. Una explicación de esto sería justamente que su economía se basa en sectores donde la tecnología y el conocimiento juegan un rol clave. ¿Por qué? Porque en los sectores intensivos en conocimiento, donde la propiedad de éste está más extendida que en los sectores de recursos naturales, las rentas –que pueden llegar a ser suculentas, si no pregúntenle a Steve Jobs– se reparten entre más personas, y esto tiene una implicancia evidente en la distribución del ingreso. El punto es que si hay más personas capaces de participar en esta economía del conocimiento, la torta estará repartida entre más comensales y la distribución será más eficiente, porque habrá empleos mejor remunerados para una proporción mayor de la población.

Insisto en que la argumentación me gusta, aunque hay que ser conciente de que pueden existir poderosas fuerzas atentando contra esta imagen ideal. La lucha global por la propiedad intelectual se da precisamente en este contexto. La separación entre el diseño y la producción (que hoy se hace incluso en países distintos) también parece estar en contra de ese futuro soñado. Nuevamente pregunten a Jobs: cuánto ganan los ingenieros que “inventan” sus artilugios en Estados Unidos y cuánto reciben como salario los operarios chinos que los fabrican.

Con todo, la idea de la economía del conocimiento como promesa de mayor equidad es encantadora, aunque haya que enfrentarse a fuerzas descomunales para que llegue a ser una realidad.